EROTICA pt 3 (+18)

19:11


Estamos en el ecuador de la historia.
Espero que os guste.



En ocasiones tan solo hace falta apagar el teléfono móvil y esconderse bajo una falda para desaparecer. Eso es lo que hice yo durante trece largos días, alejado de la gran ciudad, recluso en la minúscula caravana de una mujer que decía llamarse Carmen. Tenía treinta y nueve años, pero le echaríais veintidós si la vierais. Cuerpo atlético, pelo rubio platino, y de labios suntuosos y rojos que en poco tiempo se encapricharon de los míos, de mi lengua, de mis dedos y de mi rabo.

La química entre ambos fluyó desde el primer momento, largas conversaciones interrumpidas por polvos cósmicos en los que le hacía arañar el cielo. En su coño me perdí durante horas enteras, saboreando el jugo con el que la misma Afrodita enloquecía a sus súbditos. Con esfuerzo borré cualquier imagen que evocara en mi mente la parte más censurada de mí mismo, y aprendí de nuevo a disfrutar de los pliegues de una bonita vagina.

         Me sorprendiste la primera noche. – me dijo Carmen en una de las tantas conversaciones en las que nos evadíamos del mundo, atrapados en una nube de humo y compartiendo un porro beso a beso. – Me follaste como si fuera un muñeco, y cuando acabaste cerraste los ojos, me abrazaste, y te quedaste dormido.
         ¿Pretendías cobrarme? – dije, riendo, mientras intentaba contar de nuevo las estrellas encuadradas en la diminuta claraboya del techo.
         Aún lo estoy haciendo. – contestó ella, robándome el canuto de entre mis dedos y estirándose sobre aquel colchón desnudo impregnado de fluidos corporales.

Parte de la fuerte conexión que sentía con Carmen no era producto de la fuerza sexual que nos unía, si no por algo muy diferente. Me sentía identificado con ella y su historia. Había huido del mundo rural en busca de una oportunidad que pronto se hizo añicos. Traicionada por el destino, el azar, la fortuna, o como coño queráis llamarlo, acabó malviviendo en una caravana y trabajando en un restaurante de carretera abierto 24/7. De su compañera Bethy aprendió que los hombres de allí no solo buscaban un desayuno frío que llevarse al gaznate, pero con el tiempo fue Carmen quien le enseñó a Bethy las lecciones más importantes a tomar en cuenta en aquella empresa. Pude conocer el protocolo una vez empecé a trabajar allí. Carmen convenció a Gregor, el dueño del local, de que era un magnifico cocinero, y aunque mis dotes en el fuego eran poco más que nefastas no recibí crítica alguna por parte de mis comensales. Seguramente muchos de ellos estuviesen esperando el verdadero postre, el que se escondía bajo la falda roja de Carmencita. La llamaban así en tono burlón, como mofándose de ella, y yo, cuando los escuchaba desde la cocina, ardía en cólera. Pero en la práctica ella era más inteligente, les servía cerveza fría hasta el delirio y una vez confusos y desorientados los llevaba a sus camiones y les hacía creer que estaban en su interior. Ellos se corrían aún con los pantalones puestos, y ella salía de allí con los bolsillos llenos.

Todo hubiese sido nacarado y perfecto de no ser por él.

Rondaba el séptimo día de mi nueva vida cuando mi mirada se cruzó con la suya. Se trataba de un tipo peculiar, delgado y alto, sin ningún atractivo especial a excepción de su engominado pelo. Me sonrió al detectar que llevaba tiempo observándole, y señaló su plato de comida asintiendo, como si dictaminara con ello que mi labor en aquel lugar era excelente. Pagó su comida y pidió café para llevar, y se marchó sin apenas decirme nada, pero su imagen perduró en mi cabeza durante toda la noche.

Si el sexo con Carmen ya era bueno de por sí, pensar en aquel tipo mientras me la follaba elevaba el placer a la enésima potencia. Pero Carmen tenía otra perspectiva diferente. Se había acostumbrado a un sexo mucho más sensitivo, en el que las caricias y los besos jugaban un papel principal. Habíamos dejado de lado la brutalidad, los mordiscos, los azotes y los arañazos, y volver a ello hizo que, por primera vez, Carmen no pudiera correrse conmigo. Pidió en dos ocasiones que cesara en mi empeño de destrozarla, pero mis oídos apenas percibieron aquella petición, y cuando me dormí, vacío y agotado, ella se acurrucó en el colchón sintiéndose sucia y utilizada.

A la mañana siguiente, al despertar, ella no estaba a mi lado. Miré el reloj, y me asusté al descubrir que llegaba tarde a mi turno. Ni si quiera me miró al entrar, y durante toda la jornada evitó cualquier tipo de contacto conmigo. Era Bethy quien se acercaba a la ventanilla pidiendo las comandas, mientras Carmen atendía en la barra a las asquerosas babosas que supuraban bilis con tan solo mirarla. Aquello me enfureció, y su actitud pasivo agresiva provocó la primera gran disputa entre nosotros. Ella alegaba que actuaba de forma extraña, que notaba algo en mi diferente a lo que había mostrado hasta entonces. Le grité que se equivocaba, que continuaba siendo el mismo de siempre, y acabé golpeándola en un momento de descontrol que ni tan si quiera yo puedo justificar. Pero ella no se quedó atrás, me devolvió el ataque con un arañazo que marcó mi rostro por días. En ese instante, consciente de que la furia no me llevaría a ningún lado, decidí sujetarla con fuerza y besarla. Ella se rindió, aceptó mi beso y mis disculpas, y como si todo aquello no hubiese sucedido decidimos volver a la normalidad, obviar aquel episodio y empezar a hacer cosas juntos, como una pareja de verdad. Una calurosa noche decidimos ir a un cine al aire libre, y sobre el capó del coche vimos Casablanca, rodeados de otras parejas que aprovechaban los momentos oscuros del film para meterse mano. Casi al final del metraje una voz vibró en el aire. Podía detectarse, por la forma en que pronunciaba las palabras, la embriaguez de quien hablaba.

         ¡Carmencita! – gritaba a viva voz aquel hombre. – ¡Carmencita tiene unas peras que aún no he olvidado!

Me lancé hacia aquel tipo y le destrocé la cara. No recuerdo cómo, pero en apenas un segundo me situé sobre él. Era grueso, de un rostro redondo plagado de acné y grasa, que en poco tiempo quedó plagado de heridas y sangre. Imploró mi perdón, lloró, y finalmente perdió la consciencia. Tuvimos que salir huyendo antes de que la policía apareciera y me detuvieran por agresión, y mientras conducía ferozmente por la carretera Carmen estalló a carcajadas histéricas.

         ¿Qué pasa? – le pregunté, sorprendido ante su reacción.
         Nunca pensé que alguien haría algo tan bonito por mí. ­– dijo, ahogada en su propia respiración entrecortada.

Aquella noche, dentro de la caravana que yacía atrapada en mitad de un aguacero veraniego inesperado, hice el amor a Carmen hasta susurrarle te quiero al oído. Ella me miró, confusa, y respondió con un cálido beso que en los labios me supo a poco. No me devolvió aquellas palabras nunca, y aquello acabó frustrándome.

Era viernes, y como siempre mi listado de comandas se replicaba por sí solo. De las sartenes salía humo negro y mi comida chamuscada salía con retraso. Gregor me gritaba insultos cada vez más originales y mi paciencia estaba llegando a su límite. En mitad de aquel caos apenas le vi entrar, tampoco escuché su voz. Se sentó en la misma mesa que la última vez y me observó en silencio, sin que nuestras miradas se toparan en ningún momento. Apunto de desbordar imploré a Gregor que me sustituyera durante un par de minutos, y fui al baño a vaciar la vejiga que llevaba rato amenazando con explotar. Caminé dando grandes zancadas y desabroché mi pantalón por el camino. Ya dentro, y concentrado en la meada, ignore los pasos que se acercaron a mí. El urinario a mi derecha fue ocupado por una presencia alta y saludé inconsciente con un hola desinteresado, sin apenas desviar la mirada de mi pene. Una última gota de orina se deslizó por mi glande y después sacudí mi polla repetidamente para no manchar la ropa interior. Fue entonces, justo antes de subir la cremallera, cuando me percaté de que tenía a mi lado al hombre engominado con el que había soñado noches atrás. Lo miré, atónito, y apenas pude pronunciar palabra. Estábamos tan cerca que incluso pude notar su aliento sobre mí. Desprendía un olor agradable, una mezcla entre sudor y desodorante perfumado que por un instante me excitó. Yo aún tenía la polla fuera y él la observó de reojo, sonriendo de forma traviesa.

         ¿Necesitas ayuda con eso? – preguntó.

No fui consciente de lo dura que la tenía hasta que él la sujetó con sus manos y empezó a menearla. Acarició mis huevos, y noté una contracción que hizo que me retorciera. Él sacó su polla, diminuta, y empezó a jugar con ella con dos de sus dedos. No quise ver aquella escena y lo obligué a arrodillarse. Su tráquea dio la bienvenida a mi carne y yo le follé los labios perdiendo el control del tiempo y del espacio. La saliva cubría mi piel, el sudor impregnaba mis nalgas cada vez más comprimidas. Sentía que en cualquier momento podía brotar de mí el orgasmo, pero aguanté para disfrutar un poco más de aquel regalo inesperado. Él se corrió, manchando mis botas, pero continuó dándome placer, ascendiendo y descendiendo a lo largo de mi tronco a una velocidad constante y a su vez frenética.  Hubiese sido la mejor mamada que he recibido en vida de no ser por la interrupción que rompió el momento mágico. Bethy abrió la puerta del baño, buscándome desesperadamente tras recibir órdenes de Gregor. Al verme allí, con aquel hombre agachado frente a mí, ahogó un grito y salió corriendo sin decir nada. Aparté al mamón repentinamente y guardé mi miembro en el interior del pantalón. Salí fuera, intentando ocultar mi erección, pero ya era demasiado tarde para evitar el desastre. Bethy ya había actuado, y la mirada de Carmen cambió por completo.

         Vete. – dijo tras una discusión que duró horas, lo que fue un espectáculo gratuito para aquellos curiosos que decidieron disfrutar de la escena. – Ya no sé quién eres. No te conozco. Vete ya y no vuelvas.

Recogí mis cosas, todas ellas esparcidas por el suelo alrededor de la caravana de Carmen. Hice la maleta lo más rápido que pude y le pedí a Gregor que me pagara por los servicios que había dado. Él, a regañadientes, me pagó, no sin antes descontar una parte por cancelar el contrato verbal que ninguno de los dos habíamos firmado. Nadie se despidió de mí, y yo me alejé de sus vidas caminando por el lateral de la carretera que me llevaría a casa. Al encontrar la primera parada de bus me senté. Había un hombre anciano allí, llevaba unas gafas redondas que ocultaban sus ojos. No conversamos durante los cuarenta largos minutos de espera, tiempo en el que casi llegué a llorar. El hombre era ciego, pero parecía percibir en el aire una vibración melancólica que le hacía sentir incómodo.  Se levantó, impaciente, e instantes después llegó el vehículo que me devolvería a la realidad. El anciano hizo amago de subir, pero prefirió permanecer bajo el sol abrasador de aquel verano. Antes de que las puertas se cerraran me silbó, como si con ello llamase a un perro callejero.

         Muchacho. – dijo. Su voz era grave, afónica, la de alguien que ha fumado mucho. – Tienes un viaje amargo por delante, ¿de verdad quieres embarcarte en él?

Sin contestar me adentré al interior del autobús y mientras se alejaba de allí observé a través de la ventana como el anciano volvía a sentarse, cansado, y por un instante pareció que desde la lejanía pudiese verme. Levantó su mano y se despidió, y aquello me produjo un temor descontrolado que me hizo tiritar hasta llegar a casa, como si el mal presagio de aquel hombre pesase sobre mis espaldas como un bloque de hielo inaguantable.

Hogar, dulce hogar. Aquello no podía describir lo que sentí al cruzar el umbral del apartamento en el que vivía. Nada más vaciar mi maleta pude notar una presión en el pecho que no me dejaba respirar con normalidad. Salí al exterior, y dejé mi teléfono cargando. Me daba miedo enfrentarme a trece largos días de desaparición, así que decidí esperar un poco más y desconectar en Vista del Mar. Me enfundé mis deportivas y empecé a correr. Percibí que había miradas que me observaban, algunas de ellas me distinguían como Rocco. Más de uno intentó pararme en busca de un autógrafo, pero yo los esquivé y continúe corriendo. El sol lentamente se fundía en el horizonte y el mar parecía cada vez más oscuro. Estaba sudado, mi torso desnudo brillaba y tras de mi hombres de todo tipo ladeaban la cabeza y se mordían los labios. Aquello produjo en mi cierto morbo, pero intenté evadirme de aquella sensación llevando mi cuerpo al extremo, corriendo cada vez más, intentando que mi corazón rozara el paro cardiaco. Ya con la lengua fuera, y envuelto de oscuridad, volví a casa sin apenas fuerzas de ponerme a pensar en nada de lo sucedido. Borré a Carmen de mi cabeza. A Bethy. Al malhumorado de Gregor. Pero por más que lo intenté no pude borrar aquel encontronazo en el baño con el chico de pelo engominado. Aquella mamada frustrada finalizaba de mil formas en mi cabeza, y aquella imagen permaneció en mi interior convirtiéndose en material apto para masturbarme. Aquella misma noche, lleno de leche, me vacié imaginando su boca llena de mí. Al acabar noté la sacudida de mi propio cuerpo, mi respiración acelerada, mis ojos lagrimeando y mis músculos en pleno espasmo. Y pasados unos instantes que parecieron eternos, desnudo en mi cama, impregnado de lefa, decidí que era el momento de volver al mundo real. Sujeté mi iPhone y apreté el botón lateral de encendido. La manzanita blanca apareció en la pantalla y un tiempo después me solicitó el código de desbloqueo. 

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Por unos minutos el teléfono se sacudió sobre la mesita de noche más que un vibrador en plena arritmia. Las notificaciones se sucedían unas a otras, atropelladas, agotando el terminal hasta dejarlo por unos instantes en shock. Cuando al fin llegó la calma cogí el teléfono en mis manos, no sin antes sentir algo de indecisión, y me sumergí en todo aquello que había dejado desatendido.

Wendy estaba histérica. Sus mensajes amenazantes incluso me produjeron risa. Decidí no contestar por el momento, enfrentarme a aquella arpía era algo que podía esperar. Proseguí y abrí el chat de Agatha, quien estaba realmente preocupada por la forma en la que había desaparecido la noche en la que celebramos mi consolidación en la industria porno. Contesté que estaba bien, y me cité con ella al día siguiente para contarle lo sucedido. También tenía mensajes de Dylan, desde un número que no tenía guardado. No contesté, pero guardé el contacto. Continué con un sinfín de notificaciones basura que eliminé sin apenas mirar y otras tantas llamadas perdidas. Entre todas ellas había una que me resultó peculiar. Tenía una llamada de mi propia madre, con quien no había hablado desde el momento en que decidí marcharme de mi ciudad natal. Hablaba con normalidad con mi hermana, no a diario, pero nunca con mi madre. Nuestro enfrentamiento acabó destrozando la relación que teníamos, por lo que encontrarme aquella llamada me pareció realmente perturbador. No tenía los huevos suficientes como para hablar con ella directamente, por lo que marqué el teléfono de mi hermana. La voz mecanizada de la operadora me alertó de que el teléfono estaba apagado. Debía ser temprano en Europa, así que decidí esperar e intentarlo pasados unos minutos. Pero de nuevo no obtuve respuesta. Fue entonces cuando me armé de valor y decidí llamar a mi madre.

Fueron tres tonos los que sonaron antes de escuchar la voz rasgada de la mujer que me había dado la vida, misma mujer a la que tanto le había robado desde aquel momento.

         Frederick. – dijo, con su voz monótona, fría y distante. – Tu hermana ha muerto. 






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2 comentarios

  1. WTF. Lo último ha sido en plan... QUÉ HA PASAO. A ver, tampoco es que sienta mucho la pérdida ya que el personaje de su hermana no es conocido (?) pero jouch, una cosa más para el pobre Rocco... o Frederick -si lo dijiste en capítulos anteriores, no me acordaba-. Está muy bien la historia, es muy interesante, y la relación con Carmen y su desenlace me parece que ha estado perfectamente llevada.
    Como siempre, ¡con ganas de leer más!
    Un besazo, y feliz verano Mikel ;)

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  2. Sí, se veía venir que no duraría mucho el asunto con Carmen. Pero pareció importante para él, era una etapa que él tenía que vivir hasta darse cuenta de lo que siente (parece que no se ha dado cuenta del todo, pero bueno). El final me dejó helada.
    La historia se va poniendo cada vez más interesante.
    Espero el siguiente capítulo.
    ¡Saludos!

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